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Tercer acto Lorena Maltos por Agustín Paredes

  • 13 feb.
  • 3 Min. de lectura

Fotógrafo: @agusparedesmx




Tercer acto

por Lorena Maltos


La fotografía es, para mí, un punto de encuentro entre mis inseguridades y mi vanidad. Entre el deseo constante de sentirme femenina, conectada con mi sensualidad, y el miedo que aparece cuando me alejo de ella.


Cuando comencé con la fotografía, fue un acto de descubrimiento y exploración de todo aquello que durante años me dijeron que estaba mal. Hubo rebeldía, pero también una curiosidad profunda: quería saber qué pasaba si me atrevía a ir más allá de los prejuicios. Qué ocurría cuando una mujer se mostraba libre, segura de su cuerpo y de su sensualidad, en un mundo que insistía en decirle que eso la hacía menos digna de respeto, que le restaba valor ante la mirada de un hombre.


Han pasado más de ocho años desde que inicié este viaje en la fotografía de desnudo y boudoir. Hoy, al mirar hacia atrás, solo puedo sentir orgullo por no haberme quedado atrapada en el miedo al juicio ajeno. Veo estas fotos —como tantas otras— y me sorprende todo el camino recorrido, lo hermoso que ha sido verme a través del lente de fotógrafos y fotógrafas que me enseñaron a mirarme con ojos más amorosos. Que me ayudaron a sanar una relación que, por momentos, fue profundamente tormentosa con mi cuerpo.


El desnudo y la sensualidad son actos cotidianos que habitan en nosotrxs. Cuando decidimos quitarnos el miedo y el prejuicio para explorarlos, nos llenan de energía y de deseo por la vida. Nos regalan la posibilidad de adueñarnos de nosotrxs mismxs, de sentirnos plenxs habitando nuestra piel.


La sensualidad no es provocación: es conciencia.

Es el arte de sentir el mundo sin prisa —el roce del aire, la textura de una voz, el movimiento que nace desde adentro—.

Es habitar el cuerpo como un templo, no como una La fotografía es, para mí, un punto de encuentro entre mis inseguridades y mi vanidad. Entre el deseo constante de sentirme femenina, conectada con mi sensualidad, y el miedo que aparece cuando me alejo de ella. 


Cuando comencé con la fotografía, fue un acto de descubrimiento y exploración de todo aquello que durante años me dijeron que estaba mal. Hubo rebeldía, pero también una curiosidad profunda: quería saber qué pasaba si me atrevía a ir más allá de los prejuicios. Qué ocurría cuando una mujer se mostraba libre, segura de su cuerpo y de su sensualidad, en un mundo que insistía en decirle que eso la hacía menos digna de respeto, que le restaba valor ante la mirada de un hombre.


Han pasado más de ocho años desde que inicié este viaje en la fotografía de desnudo y boudoir. Hoy, al mirar hacia atrás, solo puedo sentir orgullo por no haberme quedado atrapada en el miedo al juicio ajeno. Veo estas fotos —como tantas otras— y me sorprende todo el camino recorrido, lo hermoso que ha sido verme a través del lente de fotógrafos y fotógrafas que me enseñaron a mirarme con ojos más amorosos. Que me ayudaron a sanar una relación que, por momentos, fue profundamente tormentosa con mi cuerpo.


El desnudo y la sensualidad son actos cotidianos que habitan en nosotrxs. Cuando decidimos quitarnos el miedo y el prejuicio para explorarlos, nos llenan de energía y de deseo por la vida. Nos regalan la posibilidad de adueñarnos de nosotrxs mismxs, de sentirnos plenxs habitando nuestra piel.


La sensualidad no es provocación: es conciencia.

Es el arte de sentir el mundo sin prisa —el roce del aire, la textura de una voz, el movimiento que nace desde adentro—.

Es habitar el cuerpo como un templo, no como una





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