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Otredad: Aranza Ramos por Agustín Paredes



Otredad

Por Aranza Ramos


Hablé con Ella. Me acerqué nerviosa y, sin tocarla, intenté pronunciar su nombre; no pude. Volví a intentar, pero mi voz fue casi nula. Ella yacía en el suelo, desolada. Le habían absorbido todo color y no quise dejarla así. Le pedí permiso y acaricié su cabeza; a Ella le nacía un remolino de ideas desde lo alto hasta rodear su cuello. Mis silencios se atropellaban entre sí al escuchar su cautela. Bajé a los hombros. El peso que cargaba me derretía las manos, los dedos y las uñas. Venía del suicidio, del abandono y de la complacencia. La garganta se me torcía y por poco le concedo mi llanto.


Le besé. No quise decir más hasta que Ella me dijera cómo estaba. No quería rozarle si Ella no quería. No quería dañarle en ningún sentido, y me silencié. Nos miramos como si hubiese réplicas nuestras formadas en una hilera. Éramos el antes y el ahora. Y, ahora, después de años, Ella me reconoció.





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Fotógrafo: @agusparedesmx



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