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Calíope: Mar Castañedo by Agustín Paredes



Cultivo de los pensamientos

Los y las modelos en México En lo más recóndito de las entrañas de la sociedad vivimos nosotros. Somos peculiares, pero al mismo tiempo existimos de la misma manera que los demás: respiramos, lloramos, amamos y también… nos inspiramos y creamos. Tenemos nuestras musas que pueden encontrarse en cualquier parte y es nuestro deber transmitirlo al otro artista. Existimos en la parte más recóndita de esta sociedad tan moderna y mecanizada que podría decirse que somos un oasis en medio del desierto. A pesar de los escondites en los que habitamos, no podemos ocultarnos del todo, somos vistos porque precisamente nuestro estilo de vida nos exige ser vistos. Nuestro escondite no es una cueva, ni siquiera un callejón, más bien los lugares en los que otros nos abren las puertas y al abrirlas nace mil veces una de las tantas paradojas que posee nuestra especie llamada humanidad. Las herramientas pueden ser cualquier cosa, desde un objeto de utilería que puede ser una extensión de nuestro cuerpo hasta un simple gesto. El movimiento de nuestra decisión puede ser contundente para quien nos necesita. Esto no sólo se trata de nosotros inspirando, sino de una reacción en cadena cuando decidimos establecer contacto con los demás. Crear no es el simple hecho de considerar esto una profesión, sino saber que todos necesitamos de todos, que estamos conectados y formamos parte de un enorme telar; vamos tejiendo relaciones, ideas, proyectos… arte. El caos tiene su lógica Nuestras vidas pueden ser el agua en calma que en momentos es tocada por circunstancias. El movimiento que causa este contacto depende mucho de cómo las situaciones cambian nuestras vidas. La roca al adentrarse en el agua cae hasta el fondo volviéndose parte de este cuerpo hídrico. Después de un tiempo de haberse convertido en una parte del agua, empieza a moldearse por la erosión, y en algunos casos, se disuelve completamente en el líquido. Ya no será visible, pero estará siempre presente en la composición de ésta. ¿Cómo puedo describir la entrada de esta profesión a mi vida? Una roca entrando a un lago lleno de oleaje. Unos bosquejos de dibujo nacieron mientras bailaba, la entrega de una tarjeta con un teléfono en mis manos fue el momento en que el agua fue desgarrada. En días posteriores mis manos se apoyaban delicadamente en mi cabeza abriendo paso a mi propio nacimiento. Me convertí en el punto de estudio y creación por primera vez en mi vida. Mi cuerpo se convirtió en algo muchísimo más sagrado. La desnudez tomó múltiples significados. Además de dibujos, por mi parte, surgieron versos en mis cuadernos y la rebelión contra mi realidad. Ese teléfono tenía los dígitos pertenecientes al Estado de México. Ese lugar considerado como el epicentro de múltiples asesinatos y decadencia. Ese lugar caracterizado por ser terriblemente automovilístico. Un lugar cuyo nombre es sinónimo de inanición creativa. Con ese simple gesto, con esa realidad chocando con la mía al recibir esa tarjeta, se cayó el velo del prejuicio y quedó expuesta el ansia latente de crear en esta parte del país tan maltratada por la centralización de la que goza la capital. Los edificios tienen vísceras Me escabullo y entro en grietas que me permiten entrar a diferentes mundos escondidos por la modernidad. Cuando voy por las calles ya no me es desconocida la vida. Eso es lo que pasa cuando se logra atravesar las paredes de un edificio: de repente vemos más allá y conocemos una ínfima parte de la simultaneidad de las acciones de los demás. Los demás son el lugar y el lugar son posibilidades. Cada vez que se conoce un lugar usado por personas que quieren crear, la ciudad ya no parece tan hostil. Comenzamos a darnos cuenta de que hay universos enteros en simples y pequeños rincones. ¿Qué pasa con nosotros? Los que usamos nuestro cuerpo para crear y ser creados. Hacemos que lo imposible sea. Hacemos que los prejuicios se caigan junto con nuestra bata. Caminamos desnudos con la piel convertida en espacio. ¿Qué pasa con nosotros? Los que somos vistos en la calle como simples personas para quien ignora que esta profesión realmente existe. Nunca he escuchado testimonios con respecto a todo esto pero, al mismo tiempo, sé que ese silencio es parte del juego. Así que quiero romper las reglas y decir que somos reales. Somos la idea abstracta convertida en carne. Somos parte de la sociedad y al mismo tiempo somos anacrónicos. ¿Acaso hay cantos escondidos en nuestros ojos? ¿El vacío eclosiona cuando el grafito finalmente muestra nuestro cuerpo en el papel? Nos movemos con el cambio de la economía, con el cambio de ideas, cargando una reliquia muy antigua que protegemos con nuestra desnudez estoica. Atravesamos los ojos de los demás con la recreación del movimiento en una pose fija. Nuestras articulaciones dolerán con el pasar de los años, pero el tiempo se mueve a nuestro placer como remuneración para apoyar nuestras decisiones como la madre que despide a un hijo moribundo. Una hora fue una canción de cinco minutos y una mujer grande se acercó para preguntarme dónde me había ido. Somos el choque de mundos. La modernidad nos cubre y cuando escapamos por un momento, nuestros semejantes nos dan a beber agua de manera temblorosa porque nunca imaginaron encontrarse a un ser con alas.






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